Mientras esperaba sentado en aquel sillón del recibidor del ministerio, el Inspector Mayor Clavero, recordó cuando a los veintidós años se había sentado por primera vez allí a esperar una entrevista. En los dos casos estuvo con la misma tranquilidad externa y la misma tormenta en las tripas.
Se acordó de Teté que entonces era su novia y estaba tan viva que no la podía asociar con esta mujer con la que ahora vivía.
Había salido feliz, en aquella oportunidad, fueron al centro, al cine, a cenar y en aquel torrente de bienestar próspero, decidieron comprometerse formalmente.
Cuando se colocaron las alianzas unos días después, no tomó en cuenta lo que esto significaba para su novia. Ella se sentía casada con esa ceremonia.
Nunca hubiera sospechado que el cambio repentino en la moralina de Teté, aquel avance abrupto en las caricias y los mimos que ahora le permitía eran por ese anillo y no por él mismo.
Lo que mas recordaba de aquellos días era la risa de Teté. Que fácil se reía, como disfrutaba todas las cosas. Recordó como algo sobrenatural la perfección de su dentadura.
Y ahora había perdido la alianza y la pérdida del anillo la había cambiado por primera vez desde que la conocía, y eso era toda una vida.
¿Cuánto hace que su mujer no se ríe? No puede ser que aquella fuera la última vez.
Ya no importa, se dijo con sentido práctico. Teté no es más que un mal plagio de aquella muchacha que ahora, cuarenta y cuatro años después, se había convertido en la imagen de su finada suegra.
Clavero!... Clavero!.. Escuche hombre!… la secretaria se le había acercado y le tocó el hombro al no ser oída y cuando él levantó algo avergonzado la mirada, la muchacha le dijo sonriendo, usted debe estar muy enamorado picarón… pase Clavero por favor, que lo están esperando.
Cuando volvió a la tarde a su casa le dijo a su mujer. Creo que estoy vivo…
Jamás hubiera imaginado que sería tan bueno trabajar de nuevo… dijo mientras entraba al baño…
Teté estaba remangada con un alambre en la mano tratando de mirar por el resumidero con un ojo entrecerrado intentando inútilmente, ver el anillo de bodas que le había tragado el agujero. Volvió a meter el alambre mientras escuchaba caer en el inodoro el chorro entrecortado y espeso que fluía a intervalos a cada esfuerzo del marido.
¿Dónde vas a trabajar? Preguntó ella sin interés…
Independiente, no lo haré bajo el mando de nadie. Ya tengo el permiso para mi compañía de seguridad… SS.. Servicio de Seguridad…
Después, salió sin vaciar la cisterna y dejando la tabla mojada ya aliviado, cerrándose la bragueta.
Ella se arrodilló en el piso, levantó la rejilla de bronce del resumidero y revolvió sin fe con el alambre.
Durante el almuerzo miraron televisión como siempre, el informativo se centró en la discusión sobre la ley concubinaria, el inspector le hizo un comentario, por decir algo… ¿Te das cuenta Teté? me dejó de heledo con ese razonamiento la señora…
Una señora no debe andar sin alianza por el mundo… fue la respuesta.
Y daaaale con la alianza… Dejáte de joder mujer… desde que la perdiste, desayunamos alianza, almorzamos alianza y cenamos lo mismo… pero dos platos.
Voy a llamar al sanitario para que desarme la plomería y arranque los pisos y los aparatos del baño hasta que encuentre la maldita alianza las uñas y los pendejos que se nos perdieron toda la vida…
La mujer siguió mirando sin ver la televisión, acariciando con los dedos la cicatriz que le había provocado el anillo durante cuarenta y cuatro años.
Siempre le sale el desagradable en el momento menos oportuno pensaba Teté ofendida hasta los huesos.
El sábado vino el plomero, mientras trabajaba la señora se fue a la feria, como si no le importara el asunto.
Clavero lo invitaba con whisky al hombre que le contaba anécdotas de miles de cosas que había encontrado en los resumideros.
Es así señor… nadie se imaginaría las cosas insólitas que pasan por las cañerías de Montevideo. Mientras circulamos por las calles, mientras dormimos en nuestras casas, de todo circula por las cloacas. Papeles, condones, juguetes, cáscaras de papas, monedas, cubiertos, droga de algún intento de salvar el cuero, para no hablar de cosas peores.
Clavero lo escuchaba y pensaba… este tipo vive de revolver mierda y se cree que tiene el trabajo mas emocionante del mundo.
Acá está… se levantó del piso fue a la pileta lavó y le mostró triunfante la alianza brillando entre sus dedos mojados.
Ahora va a reír otra vez pensaba Clavero mientras le sacaba brillo refregando la alianza contra el pantalón.
Miró satisfecho el brillo que al fin logró. Es increíble la importancia que puede tener esto y contemplaba el destello en su palma… mi mujer piensa que se divorcia si no la lleva en su dedo… y bué, después de todo… hace más de cuarenta años que venimos aguantando el empate.
Escuchó las llaves en la puerta, la mujer abrió con dificultad tratando de entrar el carrito de la feria sin rayar la pintura, viboreó entre los muebles cuidando el barniz rumbo a la cocina. Su marido le dio la buena nueva… mirá la encontré… está tan brillante com cuando nos “compromentimos”.
Ella lo miró de reojo y comenzó a descargar la compra que solo interrumpió para entrar al baño y echar desodorante para espantar el olor a tiempo podrido que había evacuado el plomero junto con el anillo.
El marido la miraba trajinar… jamás la entenderé se dijo…
Finalmente dejó el sillón, fue hasta la cocina y se le paró delante.
Tomá aquí está el motivo de tu mal humor y le extendió la mano abierta con la alianza brillando entre las líneas que de pronto le representaron la inmunda cañería de que hablara el plomero.
Teté le tomó los dedos se los cerró y le dejó el anillo empuñado…
¿Qué te pasa, no la querés ahora después de todo lo que jodiste?
¿Para que la buscabas?
Ella le tomó aquel puño que flotaba desconcertado en el aire con sus dos manos y al fin sonrió, y por primera vez el Mayor escuchó una mala palabra en boca de su esposa.
Para que te la metas en el culo!
sábado, 20 de junio de 2009
El Desempate
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